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De las dudas y los panes a la mantequilla y el Xenical. El D.O.C.umental

Mis fines de semana se han convertido en un juego parecido al “palito mantequillero”, la única diferencia radica en que, en vez de buscar un palo, busco un restaurant. En realidad, es más una búsqueda de nuevas opciones que la de un restaurant en particular. Por esta razón, leo Estampas todos los domingos, me suscribo a los RSS de cuanto blog de gastronomía existe y, de vez en cuando, entro en la página de Miro Popic y en guia-gourmet.com.

Hace poco entré en la página de Miro y encontré una noticia que anunciaba la apertura de un nuevo templo gastronómico. Me llamó la atención tanto la ubicación como el nombre. En el espacio donde se encontraba el recordado restaurant de comida Thai Samui (#sufroPorSuDesaparición) se encuentra D.O.C, la nueva iniciativa de Jean Paul Coupal (dueño de Arábica Coffee Company -para los simples mortales “El Arábica”-).

Su nombre son las siglas de “Denominación de Origen Controlado” palabras que, debo confesar, suenan a una cuenta de impactantes proporciones, es decir, de una catajarra de ceros. Por cierto, gracias a Dios que se quedaron con las siglas, porque de aquí a que termines de decir “epa, qué tal si vamos a comer a denominación de origen controlado”, moriste de hambre.

Pasé varias veces frente al restaurant, pero el mercadito de diseño en Atlantique y la gente tomando café Arábica, no me permitieron conseguir un puestico “medianamente decente”. Además, confieso que el temor de gastarme los ahorros de toda una vida me hacían buscar excusas.

No fue hasta que mi tía (una a la que le encanta comer en sitios nuevos y ricos) se presentó con la tarjeta del restaurant. Los cuentos de la comida eran “del más allá” e incluían anécdotas sobre un delicioso magret de pato, enormes hamburguesas, carne que se podía picar con el tenedor y un pan de sabor inexplicable.

Obviamente no lo pensé ni ¼ de vez. Inmediatamente llamé a reservar pues, según mi tía, el sitio es pequeño y se llena. Me atendieron con mucha amabilidad y después de una “jaladita de mecate” me anotaron para las 4:30pm. A las 4:15pm ya estaba en la puerta de DOC, lista para una velada prometedora.

Sumamente amable (cuando digo “sumamente”, agradezco que en su mente lo pongan en negritas, lo subrayen y le suban dos puntos al tamaño de la letra -no lo hago aquí por un tema de estética-) fuimos atendidos por una señora que nos hizo pasar, indicándonos que debíamos esperar 5 minuticos mientras acomodaban nuestra mesa. Aquello me dio la impresión de un servicio de esos que llamamos “inolvidables” e “impagables” (en este país es costumbre que esas variables sean proporcionales: a mayor “inolvidabilidad” mayor “impagabilidad”)

Mientras esperaba, admiré todo el local. Decoración sobria, muy agradable, con una mezcla de marrón oscuro en toques de madera y rojo en la tapicería de los muebles y asientos. Había una deliciosa barra de quesos (los quesos están exhibidos en una repisa, cual botellas de whisky en un bar -ojo, nada mal esto, más bien súper provocativo-) y una inmensa barra de tragos. Me encantó la iluminación, las lámparas y la distribución del espacio.

En fin, a los 5 minuticos nos hicieron pasar al “comedor” -en mi mente sonó una claqueta y la palabra “Acción”, entramos en escena-. Había una mezcla de complicidad y gloriosos olores. El centro del “comedor” estaba decorado por una rebanadora con un pedazo de jamón serrano, esperando su próximo corte. Nos trajeron la carta y ahí comenzó el proceso de salivación que te hace pedir platos sin orden ni control.

De entrada pedimos calamares a la plancha y una lechuga roquefort. Mientras esperábamos la entrada, hizo gala la famosa “cesta de pan”. No me pregunten de qué es el pan, sólo les voy a decir que deberían venderlo hasta en Farmatodo. El pan tenía forma de caracol, hueco en el centro, compuesto de una masa suave medio hojaldrada y con un exquisito sabor a mantequilla, medio dulzón. Sin que me quede nada por dentro –ni por fuera- es el mejor pan que he probado en mi #$& vida, el nirvana de la levadura.

Después de degustar -no tan detenidamente- y pelear por la última migaja de aquella delicia, llegaron nuestros platos de entrada. Los calamares a la plancha venían acompañados de pulpo, garbanzos, alcaparras, ajo y aceite de oliva. Buen sabor, pero fuerte, no apto para todos los paladares, sobre todo para los que no son fanáticos de las alcaparras. Pero, como yo si soy fanática de las alcaparras, me vacilé mi entrada desde el principio hasta el rechinar del tenedor con el plato.

La lechuga roquefort, aunque con buen sabor, fue un plato que tuvo problemas de urbanismo y arquitectura. La enorme lechuga se encontraba picada en dos en el centro del plato, a un lado el roquefort en dos gruesas lonjas y en la parte superior un tomate picado por la mitad, todo bañado por una ligera salsa roquefort. Había un problema conceptual, un error en la matriz: mezclar aquella “perfecta división de ingredientes” era una tarea tan titánica como carente de elegancia.

Escoger el plato principal fue una labor descomunalmente deliciosa que dio como resultado: un pescado del día envuelto en una costra de finas hierbas y tocineta, acompañado de espinacas a la crema, y una hamburguesa DOC con papas fritas. Esperamos un rato, tan a lo venezolano, que a mi estómago se le olvidó el pan y la entrada, pero que me permitió hacerme una imagen más clara del servicio, el cual no resultó ser tan sensacional.

Al cabo de un rato llegaron nuestros platos. La hamburguesa era una obra de arte digna de una fotografía de “Food Porn”. Una inmensa, imponente y jugosa carne, envuelta en dos exquisitas rebanadas de pan y rodeada de una montaña de doradas papas fritas perfectamente cortadas. Realmente se veía y estaba suculenta.

En cuanto al pescado, este fue el culpable de una buena “mentada de madre”. La ausencia de las finas hierbas y la tocineta, unido a la exagerada presencia de una espesa capa de mantequilla sobre mi hermoso mero, me dio dolor de pestañas. Reclamando “plato equivocado” se llevaron aquel mar amarillo translucido a la cocina y me trajeron de regreso el mismo mar pero con finas hierbas y tocineta. Debo admitir que, a pesar del mantequillero, el pescado estaba divino. Las espinacas a la crema eran la misma historia, divinas pero cargadas de “culpabilidad triglicérida”.

El servicio, apartando a la “sumamente” -con letras en negrita, subrayadas y con dos puntos más en el tamaño- amable señora de la entrada, lo sentí un tanto mediocre y novato, cargado de equivocaciones, ausencia de cubiertos y empujones de sillas para atender a la mesa de atrás. Los precios me parecieron acordes a la calidad de los ingredientes y el tamaño de las raciones, aunque ¡pilas! los acompañantes se cobran aparte y no forman parte del precio del plato principal.

Mis recomendaciones: estacionarse en Centro Plaza, pedir la degustación de quesos, no pelarse la cesta de pan, probar la hamburguesa DOC, reservar con tiempo y no tomar Xenical o Glucofage antes, durante o después de la comida.

Este post fue escrito originalmente el 19 de diciembre de 2010, pero por motivos “ni tan ajenos a mi voluntad” fue terminado de editar hoy, 03 de abril de 2011.

D.O.C queda en la Av. Andres Bello, entre Av. Francisco de Miranda y 1a. trans., 1080 Caracas, Venezuela. Teléfono: +58 (212) 285-1003

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Torta de Jengibre con Frosting de Caramelo

Producto de mi hobbie (enfermizo) de ver y montar fotos de comida en mi Tumblr, he conseguido muchísimos sitios con recetas que, dependiendo de mi estado de ánimo, pueden producir dos cosas: ganas de comer o ganas de cocinar. Hoy me topé casualmente con una paginilla que me dio curiosidad. Las fotos no eran del otro mundo, pero cuando vi los ingredientes de la receta dije “esto tiene que ser bueno”.

Debido a que estaba bastante satisfecha con mi almuerzo, lo que me produjo semejante mezcla de deliciosos ingredientes fueron unas tremendas ganas de poner a toda mecha mi KitchenAid. Corrí a la despensa y cuando me di cuenta que tenía todos los materiales para conquistar al mundo, sonó una musiquita al fondo parecida a la presentación de los Simpsons, el resto fue batir y hornear…

La mejor parte de la historia comenzó, cuando entre olores de culturas lejanas, salió la torta del horno… Todavía me pregunto cómo es que queda un pedazo de torta en la cocina… Aquí les dejo esta suculenta y sencilla receta, que sólo requiere mezclar, hornear y comer!

Ingredientes

Para la torta:

  • 165g (3/4 taza) de azúcar morena (bien compactada en la taza)
  • 110g (3/4 taza) de harina todo uso
  • 75g (1/2 taza) de harina leudante
  • 1/2 cucharadita de bicarbonato de sodio
  • 2 cucharaditas de jengibre en polvo
  • 1 cucharadita de canela molida
  • 1/2 cucharadita de nuez moscada molida
  • 125g (3/4 taza) de mantequilla, suavizada
  • 2 huevos
  • 160ml (2/3 taza) de buttermilk (*)

Para el Frosting de Caramelo:

  • 60g (1/4 taza generosa) de mantequilla
  • 110g (1/2 taza) de azúcar morena (compactada, es decir, presiona en la taza)
  • 2 cucharadas de leche
  • 120g (3/4 taza) de azúcar pulverizada (pasada previamente por un colador)

Preparación

Precalienta el horno a 180°C (350°F). Enmantequilla y enharina ligeramente un molde profundo de 10 pulgadas en forma de aro (el que tiene huequito en el medio) -yo a veces no le presto atención a esto, pero es importante- . Aparta mientras tanto.

Coloca todos los ingredientes de la torta en un bowl (recipente) grande. Bate a velocidad baja hasta que se combinen los ingredientes. Aumenta hasta velocidad media y bate por 2 minutos, hasta que la mezcla esté suave y pálida. Vierte la mezcla, en partes iguales, en el molde que preparaste antes (si, el del hueco en el medio). Hornea durante 35 minutos o hasta que al insertar un palillo en el centro este salga limpiecito como un sol (nada de cremita alrededor). Deja que la torta repose en el molde durante 10 minutos. Luego sácala del molde y déjala enfriar por completo.

Ahora, le toca el turno al frosting. Mezcla la mantequilla, el azúcar morena y la leche en una olla pequeña a fuego medio, hasta que el azúcar se haya disuelto completamente. Deja que hierva y luego deja hervir a fuego lento durante 2 minutos. Retira la olla del fuego, agrega el azúcar pulverizada y bate hasta que la mezcla esté suave. Vierte el frosting sobre la torta (fría -no lo vayas a echar si la torta está caliente-).

Fuente: La Table de Nana – Heaven on a plate

(*) Si no tienes buttermilk, lo cual es 99.99% probable, coloca en una taza de medir 2/3 de cucharada de vinagre y rellena con leche hasta alcanzar 2/3 de taza. Deja reposar por 5 minutos y tendrás buttermilk.

Mi cámara no toma muy buenas fotos -pilas, no soy yo, es la cámara- pero aquí les dejo algunas fotos de este delicioso manjar de dioses.

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Se busca pollo

Hace un tiempo publiqué un post sobre una comilona dantesca en la Embajada Americana. Quiénes lo leyeron recordarán que pedía a gritos un Orbitrek para expiar mis culpas. Así comenzó mi romance bipolar con el aparato en cuestión que, sin duda, es bastante eficiente. Aquellos que han tenido la oportunidad ¿desgracia? de montarse en uno, saben que 25 minutos continuos en semejante armatoste es un karma.

Sin embargo, la desagradable sensación del “caucho montado en la acera”, es decir, el salvavida de grasa que supera las fronteras del pantalón, en un intento de caída libre reprimido, me dio la fuerza necesaria para mantener una rutina diaria –lunes a jueves- de Orbitrek, sudor y reggaetón.

Por esta razón –y otras que no vienen al caso-, el viernes tiene un aire a gloria, a éxito, que debe ser recompensado y disfrutado de alguna manera. Se imaginarán que esta recompensa tiene forma, olor y sabor a rica cena –lamento decepcionar a aquellos que esperaban algo menos banal y mundano-. Desde la mañana, mi cerebro maquiavélicamente repasa cada restaurant, cada plato, cada recomendación.

A medida que transcurre el día, los platos que se pasean por mi poderosa imaginación “glotoniana” se van cargando de calorías, gramos de grasa y sodio. De un Special K con leche descremada, paso a un delicado Tiger Roll, para culminar en una jugosa hamburguesa de Tony Romas. En fin, el día se va llenando de expectativas.

Ayer (viernes) trabajé muy duro con mis expectativas, en parte alimentado por mi nuevo hobbie de postear fotos de comida en Tumblr (el arte de semejante tortura recibe el nombre de Food Porn). Sin darme cuenta, llegó el momento de “¿y a dónde vamos a comer?” Ésta es similar a la pregunta número 15 de ¿Quién quiere ser millonario? Responder de forma incorrecta trae como consecuencia: pérdida de dinero, frustración alimenticia, culpabilidad calórica y otra serie de “calenteras”.

En un derroche de memoria mezclado con creatividad, innovación y originalidad, recordé el asado de tira del Centro Uruguayo y me dije ¿preparada para un “buen tolete de carne”? La última vez que visité el Centro Uruguayo, era una adolescente universitaria medio emo. En aquella época, el Centro era un tugurio con una misión clara: permitir al cliente caerse a birras, en un galpón con excesiva iluminación y completa ausencia de música.

Sin embargo, en el ambiente se escuchaban comentarios sobre el cambio de concepto y la nueva estrategia: un sitio para comer buena carne. La nueva propuesta me llamaba la atención. Producto de su antigua categorización de “taguara”, me imaginaba platos camionero style, con un superávit de morcillas y chorizos que, al no caber en el plato, iban cayendo a los lados. Así como el camino de Hansel & Gretel pero hardcore. En fin, Centro Uruguayo fue la respuesta a la pregunta número 15.

El restaurant en cuestión se reconoce porque toda la luz que le falta a las calles de Los Chorros está concentrada ahí. Después de parar el carro siete cuadras arriba y a medida que me iba acercando a la puerta, empecé a cuestionar mi decisión. Era el mismo tugurio pero más refinado, es decir, cambiaron las cervezas por whisky, pero bajo el mismo galpón excesivamente iluminado y con completa ausencia de música.

Repetí la palabra “ánimo” tres veces, recé un credo, tres padre nuestro y me senté. Practicando las normas del “buen comensal”, empecé cual exorcista a “espiar” los platos de las mesas vecinas. La panorámica no estaba nada mal: mucha carne, morcillas y chorizos. Rápidamente nos entregaron el menú y una sonrisa me empezó a iluminar el rostro. Mi estómago reclamaba a gritos compañía. Había hambre.

El menú tenía fotos de cada uno de los platos. Me llamó la atención el Pollo Pamplona, un plato con las siguientes características: pechuga de pollo rellena de mozzarella y tocineta. La foto era digna de escanearla y subirla a mi Tumblr. Al pedido se unió un asado de tira de carne de cerdo, yuca frita y ensalada mixta.

Sin darme cuenta la comida llegó a la mesa. La frase “coitus interruptus” debería ponerlos en contexto. Me giré para buscar la cámara de Qué Locura. Mi asombro dio paso a una brutal “arrechera”. ¿Se puede saber en dónde escondieron el pollo de la foto? Luego, la “arrechera” se transformó en una mezcla de asco con repulsión. Mi premio por tanto Orbitrek era una lonja de jamón de arepera, una tocineta a medio freír y una delgada capa de ¿mozzarella?, todo esto envuelto en una blanquecina y grasienta combinación de piel de pollo.

Con miedo, pinché con el tenedor el rollo de pellejo. Las hendiduras que dejó el pinchazo, sólo sirvieron de vía de escape para todo el aceite que se encontraba comprimido en su interior. Decidida a descubrir hasta donde podía llegar todo aquello, comencé a quitarle la piel y los cartílagos al pollo. Estuve alrededor de 5 minutos en un procedimiento al que, en la carnicería, le llaman: “limpiar el pollo”. Culminado el proceso de “despellejamiento”, la pregunta “¿dónde está el pollo?” se mantenía sin respuesta.

Comencé a voltear desesperadamente en busca de alimento. Me encontré con una cama de lechuga decorada con aguacate y un galón de colesterol en forma de asado de tira. Confieso que estuve a dos minutos del llanto. Cargada con toda la rabia del planeta y sus alrededores, pedí la cuenta. Este gesto de mi parte fue digno de reconocimiento ¿quién en su sano juicio pide que le cobren por las sobras del pollo?

Algunos dirán: “nada más a esta jeva se le ocurre pedir un plato así en el Centro Uruguayo…”. Es posible, quizás me equivoqué de plato. En ese caso, mi recomendación para el restaurant “La Carreta” (ese es el nombre real) es que quiten semejante desgracia culinaria tapa arterias del menú. Pero, si ese es el común denominador de su comida, lo único que puedo decir es: “querido comensal, vaya a su propio riesgo de sufrir una sobredosis de colesterol”

De resto, todo bien, el servicio rápido y los precios “relativamente” solidarios. Del 1 al 5, 0. Y es que yo no voy a un restaurant, independientemente de si parece una taguara o no, a que me cobren por quitarle el pellejo a un pollo inexistente.

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Cheesecake de Ricotta

Últimamente, el trabajo, la tesis y un par de eventos tan desafortunados como inesperados, me han apartado del placer de escribir mis experiencias gastronómicas. Sin embargo, he estado micro blogeando en Facebook y en Tumblr. A pesar de todos estos eventos “quita tiempo”, no puedo dejar a un lado mi gusto por la cocina, especialmente por la repostería. Sería muy egoísta de mi parte no compartir con ustedes esta maravilla de postre, que además es más fácil que un “tiro al piso”. Disfrútenla, eso sí, si la hacen me mandan fotos y me dejan un comentario. No sean pichirres!

Ingredientes:

  • 350g ricotta (suave, no la que es grumosa)
  • 500g queso crema, a temperatura ambiente
  • 1 taza de azúcar pulverizada
  • 4 huevos
  • 1 cucharada de extracto de vainilla

Preparación:

  • Precalienta el horno a 160°C. Bate la ricotta y el queso crema por 5-6 minutos o hasta que se suavice.
  • Agrega el azúcar y bate por 3-4 minutos o hasta que el azúcar se disuelva.
  • Añade los huevos, uno a la vez, batiendo bien después de agregar cada uno.
  • Coloca la mezcla en un molde redondo de 22 cm. Cubre el molde con papel de aluminio (por fuera). Engrasa un poco las paredes y la base del molde.
  • En un molde profundo para hornear, agrega agua hirviendo y luego coloca el envase con la mezcla dentro de este molde. El agua hirviendo debe cubrir la mitad del molde con la mezcla (esto previene que la torta se cuarteé).
  • Hornea durante 45 minutos, luego apaga el horno y deja la torta dentro del éste por 15 minutos (esto también previene que se cuarteé).
  • Espera a que enfríe y después intenta no comértela toda de una sola sentada.

Goat Cheese Truffles

Trufas de Chocolate y Queso de Cabra

¿Queso de cabra en el postre? Si, la combinación de un buen queso de cabra fresco con chocolate oscuro de excelente calidad, es capaz de sorprender a los paladares más exquisitos. Esta receta lleva al queso de cabra de la entrada al postre. Y para hacer las cosas más interesantes, puedes agregarle un poquito de sambuca o fernet (ojo, sólo si te gusta)

Ingredientes:

  • 185 gramos de chocolate negro amargo picado
  • 200 gramos de queso de cabra fresco (temperatura ambiente)
  • 2 cucharadas de azúcar morena
  • 1 cucharadita de absenta (ajenjo), fernet o sambuca (opcional)
  • 1/3 taza de cacao en polvo, para espolvorear

Preparación:
Derrite el chocolate en un recipiente de metal, sobre una olla con agua hirviendo a fuego lento (el recipiente de metal debe quedar un poco separado del agua). También puedes derretir el chocolate en el microondas: calienta el chocolate de 5 a 7 minutos o hasta que se derrita, saca el recipiente cada 30 segundos y muévelo. El chocolate debe quedar suave al derretirse.

Mezcla el queso de cabra y el azúcar en un recipiente mediano. Agrega el chocolate derretido y mezcla hasta que esté completamente suave. Agrega el licor y mezcla (puedes agregar una cucharada más de licor, si te gusta aquello de emborracharse con el postre). Refrigera por una hora o durante toda la noche.

Ahora, prepárate para hacer las trufas. Toma una cucharada colmada de la mezcla refrigerada y forma una bola pequeña, luego pásala por el cacao en polvo hasta cubrirla por completo. Repite este procedimiento con el resto de la mezcla. Puedes comerlas de inmediato. Las trufas se mantienen perfectamente de 3 a 4 días en el refrigerador.

Fuente: www.npr.org

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Una guayaba demasiado verde

Siempre me han dado “mala espina” los restaurantes sin comensales. En particular, me da pavor cuando, aunado a la ausencia de clientes, el restaurant cuenta con una decoración minimalista y bien cuidada,  me da la impresión de que son excelentes diseñadores de interiores pero que de comida no saben mucho. Sin embargo, debido a numerosas recomendaciones, me fui a La Guayaba Verde.

El “peladero de chivo” era tal, que pensamos que el restaurant estaba cerrado. Las luces y la sombra de una mesonera fueron una señal –definitivamente no enviada por Dios- para estacionar el carro. La noche comenzó mal desde ese momento, debido a que el estacionamiento cierra el fin de semana. Un guardia de seguridad apareció entre los árboles, indicándonos que nos estacionáramos en uno de esos sitios en los que, si un fiscal aparece, te saca con grúa.

Hice a un lado todo lo que aprendí leyendo Ética para Amador y me estacioné en el lugar prohibido. Caminé una cuadra invadida de “tukkys” y me adentré en la planta baja del edificio, donde se encuentra el restaurant. Al cruzar la puerta mi corazón comenzó a latir… No había ni un alma –ni siquiera una de las que están en pena- Hice caso omiso de las señales divinas y me senté, rodeada de una decoración muy cuidada, con predominio del color verde y excelentes cuadros.

Inmediatamente se acercó una mesonera, nos preguntó si queríamos tomar algo y nos entregó el menú. Éste contaba con entradas calientes y frías, ensaladas, sopas, aves, pescados y carnes. Decidimos compartir una ensalada de plumitas (pasta corta, tapiramo, tomate confitado, cebolla, queso de cabra, calabacín y albahaca). Como plato principal pedimos Curvina con pira (filete de curvina sobre berenjena asada, tomate, auyama y hojuelas de ocumo) y albóndigas de cazón, acompañadas con yuca frita y ensaladilla de repollo morado, tomate y limón.

Minutos más tarde, frente a nosotros estaba un platico de sopa con 7 plumitas sobre una cama de frijoles, 3 rodajas de calabacín y un tímido topping de queso de cabra con ralladura de albahaca. La presentación del plato decía tan poco como su sabor. Aquello no sabía ni bien, ni mal, sencillamente no sabía a nada. Era como la terrible canción “es un merengue sin letra”.

Junto a la ensalada llegó la cesta de pan con mantequilla. Debo admitir que la mantequilla preparada y el pan súper fresco estaban deliciosos. Decepcionada de la ensalada, esperé con cierto temor el plato principal. Aunque dentro de mí, todavía había una pequeña “llama de esperanza”. No estoy muy segura si lo que llegó a la mesa fue el plato principal o el extinguidor más potente de la tierra y sus alrededores, porque de la “llama de esperanza” no quedó ni el humito.

La falta de color de mi filete de curvina, la poca cantidad de comida y la ausencia de las berenjenas, casi me sacaron un par de lágrimas. Para ponerlos en sintonía voy a describir un poco el plato: un filete de curvina de color gris pálido, rebosado (creo), sin sabor, olor, ni perro que le ladre, sobre una sopa de auyama y cebolla –ahh y dos tiras de berenjena- con unas hostias de ocumo que fueron crujientes hasta que se hundieron en la sopa de auyama.

Para completar la frustración, las albóndigas de cazón tenían la textura de la comida recalentada en microondas (chiclosa) y las yuquitas fritas estaban más secas que El Ávila en época de sequía. Sin embargo, la ensalada de repollo tenía un aderezo fabuloso. ¡Qué desilusión! Me habían recomendado tanto el restaurant que me daba pena escribir este post. Pero bueno, como podrán observar, ya saben en donde metí la pena.

A pesar del buen servicio y el agradable ambiente, yo voy a un restaurant a comer sabroso y, para comerme un rico pan con mantequilla, existen opciones muchísimo más económicas. Uno debe ser fiel a sus instintos y definitivamente, no me gustan los restaurantes sin comensales. A mí parecer, a esta guayaba le falta madurar… Demasiado verde (sin querer ofender a los “eco friendly”)

Barras de manzana

Barras de manzana

A pesar de que últimamente evito ver fotos de alimentos -para quienes no lo saben, estoy a dieta-, siempre se cuela una que otra foto mientras voy remando por las profundidades de Google Images. Hace poco me encontré con una foto que, si no fuera porque el monitor es muy duro, le meto un mordisco.

Pensé varias veces antes de ampliar la imagen. Luego de un rato me dije “bueno, pero ¿qué es lo peor que puede pasar?”. Me parecía que lo máximo que iba a suceder era un exceso de salivación. Estaba equivocada, lo que siguió fue un acto de desesperación, pues la foto venía con receta incluida… El resto de la historia la dejo a la imaginación de cada uno de ustedes, sólo les diré que la receta es ¡buenísima!

Ingredientes:

  • 1 taza de harina “todo uso” cernida (pasada por un tamiz o colador)
  • 1 cucharada de polvo de hornear
  • 1/4 cucharadita de sal
  • 1/4 cucharadita de canela molida
  • 1/4 taza de mantequilla o margarina derretida
  • 1/2 taza de azúcar morena
  • 1/2 taza de azúcar (blanca)
  • 1 huevo
  • 1 cucharadita de vainilla
  • 1/2 taza de manzanas picadas
  • 1/2 taza de nueces finamente picadas
  • 2 cucharadas de azúcar blanca
  • 2 cucharadas de canela molida

Preparación:

  1. Precalienta el horno a 175°C (350°F). Engrasa un molde de 9×9. En un envase coloca, pasando primero por un colador, la harina, el polvo de hornear, la sal y 1/4 de cucharadita de canela. Coloca a un lado.
  2. En un bowl grande mezcla la mantequilla derretida, el azúcar morena y 1/2 taza de azúcar blanca con una espátula o cuchara de madera hasta que suavice. Luego, coloca el huevo, la vainilla y revuelve. Vierte ahora la mezcla de harina y revuelve, sólo hasta que se combine (no revuelvas mucho). Después, coloca las manzanas, las nueces y revuelve para combinar. Distribuye la mezcla uniformemente en el molde, previamente engrasado. En una taza o bowl pequeño, mezcla el resto de la canela y el azúcar y espolvorea sobre el tope de la mezcla (la que está en el molde engrasado).
  3. Hornea durante 25 a 30 minutos. Las barras, al estar listas, no deberían quedarse hundidas al presionarlas ligeramente. Deja que se enfríen en el molde y córtalas en cuadrados.

Cheesecake de tocineta y queso azul

Cheesecake de tocineta y queso azul (no necesitarás ni el horno)

Uno de mis deportes favoritos es suscribirme a cualquier newsletter de recetas que se encuentre “mal parado” por Internet. Como se imaginarán, casi nunca los leo. Ellos constituyen una buena parte de esos correos que siempre borras pero que consideras necesarios, aunque sea para sentir que alguien te envía un correo.

En particular, y quiero pedir disculpas disculpas de antemano a todos sus fanáticos, los newsletters de Martha Stewart son aburridísimos y requieren una dedicación 24/7 a la cocina. Aunque debo destacar que son bellísimos y súper coloridos (punto positivo para Martha).

En consecuencia, otro de mis deportes favoritos es borrar todos los newsletters de recetas que llegan a mi correo. Sin embargo, a veces llegan recetas geniales para gente sin tiempo y sin habilidades culinarias superlativas -como muchos de nosotros-. La receta que leerán en el siguiente párrafo es una de esas y llega a ustedes “de carambolas” (se salvó por un click)

Ingredientes:

Masa

  • 4 cucharadas de mantequilla
  • 1 taza de galletas María trituradas (trituradas como si les tuvieras rabia)

Relleno

  • 6 lonjas de tocineta finamente picadas
  • 250 gramos de queso crema, suavizado (lo puedes suavizar “espaturrándolo” con un tenedor)
  • 125 gramos de queso azul, suavizado
  • 1?2 taza de nueces finamente picadas

Preparación:

Masa

  1. Engrasa 6 moldes redondos de 2″ × 2″ (los moldes de galletas) con una cucharada de mantequilla (se puede usar cualquier molde para galletas, hasta de corazones si te da por el romanticismo). Coloca los moldes sobre una bandeja (los sofisticados pueden utilizar un Silkpat).
  2. Derrite las 3 cucharadas de mantequilla restantes y colócala en un recipiente (bowl) pequeño. Luego, añade las galletas a la mantequilla y mezcla bien.
  3. Ahora, haz un esfuerzo supremo y trata de distribuir la masa, en partes iguales, en cada uno de los moldes. Presiona la masa firmemente contra la bandeja (acción de aplanar y comprimir).
  4. Coloca la bandeja en la nevera por 1 hora.

Relleno

  1. Cocina las tocinetas a fuego medio hasta que queden crujientes, alrededor de unos 10 minutos. Seca la grasa de las tocinetas con papel absorbo.
  2. Con un tenedor, mezcla los quesos (queso crema y queso azul) en un recipiente (bowl) mediano.
  3. Agrega la tocineta y las nueces (recuerda que ya las habías picado, si no lo hiciste, este es el momento). Revuelve bien.
  4. Comprime partes iguales de la mezcla en los moldes, suavizando la parte superior con la parte trasera de una cuchara (de metal) tibia.
  5. Cubre las cheesecakes con papel transparente (aka envoplast) y coloca la bandeja nuevamente en la nevera por tres horas mínimo.

Instrucciones finales

  1. Toma un cuchillo pequeño y pásalo alrededor del interior de los moldes.
  2. Retira el molde de las cheesecakes con cuidado y colócalas en un plato o bandeja con la masa hacia abajo.
  3. Sírvelas a temperatura ambiente. Las puedes decorar con pedacitos de tocineta en la parte superior y acompañarlas con lechugas bebé y chutney de frutas.

Ahora sí, dedícate a comer. ¡Buen apetito!

Receta adaptada de www.saveur.com

Chicken Tenders a las hierbas

Chicken tenders a las hierbas con salsa marinara (para reivindicarme)

Siento que tengo una responsabilidad con este blog y con mis lectores, tanto los frecuentes como los no tan frecuentes. Estas últimas semanas han sido de novela para esta hermosa papa. Muchos cambios, todos para bien, me han apartado un poco de este compromiso que adquirí con la crítica constructiva y destructiva.

Como mi remordimiento de conciencia no me deja vivir en paz, decidí que, al menos, voy a postear recetas ricas que les recuerden que la papa existe, pero que estará ausente hasta la semana que viene.

Esta receta es a lo que yo llamo un “utility” la puedes hacer para el almuerzo, la cena, la merienda, como pasapalo y para los más arriesgados, también podría servir para un desayuno (ojo, dije arriesgados)

Ingredientes:

Chicken Tenders

  • 1 kilo de chicken tenders (alrededor de 12 piezas)
  • 1 1/2 tazas de buttermilk (suero de leche)*
  • 1 taza de migas de pan
  • 2 cucharadas de hierbas italianas**
  • 1/2 cucharadita de sal
  • Aceite
  • 2 cucharadas de mantequilla derretida

Salsa Marinara

  • 2 cucharadas de aceite de oliva
  • 1/4 taza de cebolla picada
  • 1 diente de ajo machacado
  • 1 cucharada de pasta de tomate
  • 1 lata de 500 gramos de tomate sin piel triturado
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cucharadita de azúcar

*Si no tienes suero de leche lo puedes hacer tú mismo agregándole 1 1/2 cucharada de juego de limón o vinagre a 1 1/2 taza de leche, luego deja la mezcla reposar por 10 minutos.

**Una mezcla de hierbas secas, utilizadas comúnmente en la cocina italiana, incluye mejorana, tomillo, romero, salvia, orégano y albahaca. McCormick vende un frasquito de Hierbas Italianas que las incluye todas!

Preparación:

Salsa Marinara

  1. Calienta el aceite de oliva en una olla a fuego medio-alto. Saltea la cebolla, revolviendo de vez en cuando hasta que queden transparentes (alrededor de 3 minutos).  Agrega el ajo y cocina un minuto más.
  2. Agrega la pasta de tomate, mezcla bien y cocina de 1 a 2 minutos adicionales. La pasta de tomate debería oscurecer a un color rojo ladrillo.
  3. Añade los tomates en lata, la sal y el azúcar y lleva a hervor (es decir, deja que hierva). Cocina por 10 minutos.
  4. Coloca la salsa en la licuadora y licua. Comienza a licuar a baja velocidad y ve subiendo gradualmente hasta llegar a la velocidad máxima.

Los Chicken Tenders

  1. Remoja los trozos de pollo en el suero de leche (buttermilk) durante 15 a 30 minutos. Mientras tanto, ve haciendo la salsa (detalles a continuación) .
  2. Mezcla en un envase las migas de pan, las hierbas italianas y la sal.
  3. Calienta el horno a 260°C (500°F). Luego, cubre un asador o refractario con papel aluminio. Unta el papel de aluminio con aceite.
  4. Saca los trozos de pollo, uno por uno, del suero de leche y colócalos en el envase con la mezcla de pan. Cúbrelos por los dos lados con la mezcla y luego colócalos en el refractario.
  5. Rocía un poco de mantequilla derretida sobre cada pedazo de pollo. Coloca el refractario o asador en el horno y cocina durante 12 minutos, hasta que el pollo esté cocido por dentro y las piezas estén ligeramente doradas.

Sírvelos acompañados de la salsa y disfrútalos…

Receta adaptada de http://simplyrecipes.com/